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martes, 15 de junio de 2010

Fragmento del relato: "A través de los ojos de la muerte"



A TRAVÉS DE LOS OJOS DE LA MUERTE

Por V.R. Merox


Diario del doctor Kirovski, agosto de 1838.
Tras una ardua investigación sobre la vida y la muerte, me congratulo al anunciar que mis experimentos han desembocado en el descubrimiento más sobresaliente de todos los tiempos. Creed, pues, que yo, el gran doctor Johan Vladimir Kirovski, cuyo genio fue mancillado por cualesquier otros hombres llamados de ciencia, he conseguido lo que ninguno había logrado hasta entonces: volver a la vida los muertos.

Aquesto que oís lo escribí estando sentado frente a una finiestra por la cual travesaba la claridad de la mañana. En sazón encajé en el tintero la péñola con que escribía y clavé la vista fuera de la finiestra, rememorando los albores de mi descubrimiento...
Para que mi experimento diese resultado era menester emplear un artilugio e un suero hecho a base de diversos compuestos químicos que mente ninguna sino la mía podría haber fraguado. Yo sabía que los nervios de cualquier cuerpo, fuese humano o animal, no eran solo caños que conducían fluidos tal como afirmaba Descartes, sino que también transportaban impulsos eléctricos.
Mi teoría, pues, consistía en la premisa de exponer los cadáveres a grandes concentraciones de energía eléctrica proveniente de la misma naturaleza, y, posteriormente, la aplicación del suero para estremecer el sistema nervioso central en manera que el cerebro pudiese volver a funcionar, y el corazón, en vez de bombear sangre, bombearía electricidad.
Asentado esto, construí en la torre oriente de mi castillo el artilugio mencionado, un tremendo generador de energía eléctrica muy complejo formado por diversos dínamos, electrodos, cables e antenas cuyos nodos serían alimentados por la acción de los relámpagos que diesen en el longo cilindro de acero que, erguido del suelo a la cúpula de la torre, se encargaría de almacenar la descarga en una planta eléctrica para luego conducirla a las antenas de los nodos, y de estos al cadáver.
En primera instancia me di a la tarea de experimentar con diversas especies de cuadrúpedos; para tal, recogí de las calles los perros y gatos desamparados que se dejasen tentar, ya por un tasajo de carne magra, ya por un cuenco con leche tibia, e los que conseguí ayuntar, que no fueron más de una docena, los confiné en las jaulas que tenía en mi laboratorio. E luego mandé a Boris, mi criado, un hombre solitario y aquejado por su fealdad y labio leporino, que cebara los perros e los gatos, pues no quería que estuviesen flacos cuando llegase el momento de experimentar con ellos.
Habéis de saber que para llevar al cabo mis experimentos tuve que discurrir en la manera de matar a todos los animales, por tanto, mientras dormían, le administré a cada uno una inyección de estricnina. Esto hecho, realicé el primer examen con el cadáver de uno de los perros; no obstante, una desatención me llevó a cometer un grave error del que me lamenté sobremanera. Aquel día vi cómo el mísero animal, abatido por el desmedido voltaje, reventaba como si una aguja pinchase un globo, e el sanguinoso rocío e las tripas desparramadas por el suelo del cuarto me produjeron bascas muchas.
Estonces supe que la composición del cadáver tenía que ser proporcional a la intensidad del voltaje que la planta eléctrica comunicaba a los nodos de las antenas del artilugio, pues un ligero fallo en la variación de la descarga en él aplicada, y no accionar las palancas ni los conmutadores necesarios para menguar la potencia, traería como consecuencia lo que os he relatado.
Pronto se propagó el rumor de mis métodos poco ortodoxos sino crueles, lo cual puso en tela de juicio mi cordura; cuantos supieron de mis experimentos, endemás la comunidad científica y la Iglesia, se dedicaron a perseguirme y me tacharon de hereje por jugar a ser Dios. Empero, tal poco me importó, así que me encové en mi castillo de tal manera que sólo salía caso que necesitase suministros o pedir consejo a mi fiel amigo el doctor Hässler. E mi mujer, que Mallory había nombre, cuestionó mi extraño comportamiento, e un día que nos enfrascamos en una discusión, díjome que ya no era el mesmo, y tajantemente concluyó:
—¡Vuestra obsesión por jugar con la vida te volverá loco!
La vi salir de mi estudio y cerrar la puerta de golpe.
—No te culpo, vida mía —dijo el doctor para sí, fijando la vista en la puerta—. Maguer termine podrido de cabeza, no descansaré hasta llevar mi investigación a las últimas consecuencias.
Así pues, continué con mi labor científica. En pocos meses despojé de la parca a la meitad de los cuadrúpedos que recogí de las calles; mas nunca jamás me esperé que las pruebas dejasen secuelas irreversibles en ellos, convirtiéndolos en bestias propias del averno. Se hicieron más salvajes y se fueron ajando a tal punto que los cueros se les colgaron, el pelaje se les cayó en partes e los ojos se les salieron un palmo de sus órbitas, e pusiéronse albos, e los pescuezos podían retorcer horriblemente. Los mayidos de los unos y los latidos de los otros eran tan huecos que no podría haber persona que no se espantase de percibirlos. Tales perros no paraban de sufrir achaques ni de sacudir sus jaulas.
Otro día mañana salí de mi castillo y dejé dicho a Boris que por ningún motivo dejara entrar a Mallory en mi laboratorio, y eso mismo que pusiese gran cuidado en celar las bestias, que no se soltasen de sus jaulas, si no, mi castillo se tornaría en grave pandemónium. Dicho lo cual, me dirigí a mi carruaje e indiqué al cochero que me llevase al corazón de Londres, asentado a media legua de mis lares. E una vez que me interné en el compartimento del coche, el cochero aguijó el tiro que comenzó de trotar muy brioso.
Al cabo de un tiempo el golpeo de los cascos de los caballos en el empedrado de las calles londinenses me advirtió que habíamos arribado a nueso destino. Me asomé fuera por la ventana y vi el enjambre de gentes que iban y venían por las calles. Dije en seguida al cochero que doblara la esquina e hiciera camino contra la fosa común. Hecho tal, me apeé del carruaje y fuime hacia el mayoral que daba órdenes a los suyos de transportar los cadáveres a la fosa, y le solicité un cadáver, e cuando él me preguntó para qué lo quería, yo le respondí lo siguiente:
—Buen señor, os digo que no preguntéis cosas que van más allá de vuestra razón —saqué una bolsita del seno y se la arrojé, y él la cogió, sopesándola en la palma de su mano—. He allí un montón de libras esterlinas para que disfrutéis del buen vivir durante un tiempo.
Y el mayoral, sonriente, confirmó con la cabeza. Detuvo entonces a dos de sus hombres que acarreaban un cuerpo robusto, y les dijo:
—Alto. No echen a ese bribón al foso; tendrá un nuevo destino.