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martes, 15 de junio de 2010

Fragmento del relato: "A través de los ojos de la muerte"



A TRAVÉS DE LOS OJOS DE LA MUERTE

Por V.R. Merox


Diario del doctor Kirovski, agosto de 1838.
Tras una ardua investigación sobre la vida y la muerte, me congratulo al anunciar que mis experimentos han desembocado en el descubrimiento más sobresaliente de todos los tiempos. Creed, pues, que yo, el gran doctor Johan Vladimir Kirovski, cuyo genio fue mancillado por cualesquier otros hombres llamados de ciencia, he conseguido lo que ninguno había logrado hasta entonces: volver a la vida los muertos.

Aquesto que oís lo escribí estando sentado frente a una finiestra por la cual travesaba la claridad de la mañana. En sazón encajé en el tintero la péñola con que escribía y clavé la vista fuera de la finiestra, rememorando los albores de mi descubrimiento...
Para que mi experimento diese resultado era menester emplear un artilugio e un suero hecho a base de diversos compuestos químicos que mente ninguna sino la mía podría haber fraguado. Yo sabía que los nervios de cualquier cuerpo, fuese humano o animal, no eran solo caños que conducían fluidos tal como afirmaba Descartes, sino que también transportaban impulsos eléctricos.
Mi teoría, pues, consistía en la premisa de exponer los cadáveres a grandes concentraciones de energía eléctrica proveniente de la misma naturaleza, y, posteriormente, la aplicación del suero para estremecer el sistema nervioso central en manera que el cerebro pudiese volver a funcionar, y el corazón, en vez de bombear sangre, bombearía electricidad.
Asentado esto, construí en la torre oriente de mi castillo el artilugio mencionado, un tremendo generador de energía eléctrica muy complejo formado por diversos dínamos, electrodos, cables e antenas cuyos nodos serían alimentados por la acción de los relámpagos que diesen en el longo cilindro de acero que, erguido del suelo a la cúpula de la torre, se encargaría de almacenar la descarga en una planta eléctrica para luego conducirla a las antenas de los nodos, y de estos al cadáver.
En primera instancia me di a la tarea de experimentar con diversas especies de cuadrúpedos; para tal, recogí de las calles los perros y gatos desamparados que se dejasen tentar, ya por un tasajo de carne magra, ya por un cuenco con leche tibia, e los que conseguí ayuntar, que no fueron más de una docena, los confiné en las jaulas que tenía en mi laboratorio. E luego mandé a Boris, mi criado, un hombre solitario y aquejado por su fealdad y labio leporino, que cebara los perros e los gatos, pues no quería que estuviesen flacos cuando llegase el momento de experimentar con ellos.
Habéis de saber que para llevar al cabo mis experimentos tuve que discurrir en la manera de matar a todos los animales, por tanto, mientras dormían, le administré a cada uno una inyección de estricnina. Esto hecho, realicé el primer examen con el cadáver de uno de los perros; no obstante, una desatención me llevó a cometer un grave error del que me lamenté sobremanera. Aquel día vi cómo el mísero animal, abatido por el desmedido voltaje, reventaba como si una aguja pinchase un globo, e el sanguinoso rocío e las tripas desparramadas por el suelo del cuarto me produjeron bascas muchas.
Estonces supe que la composición del cadáver tenía que ser proporcional a la intensidad del voltaje que la planta eléctrica comunicaba a los nodos de las antenas del artilugio, pues un ligero fallo en la variación de la descarga en él aplicada, y no accionar las palancas ni los conmutadores necesarios para menguar la potencia, traería como consecuencia lo que os he relatado.
Pronto se propagó el rumor de mis métodos poco ortodoxos sino crueles, lo cual puso en tela de juicio mi cordura; cuantos supieron de mis experimentos, endemás la comunidad científica y la Iglesia, se dedicaron a perseguirme y me tacharon de hereje por jugar a ser Dios. Empero, tal poco me importó, así que me encové en mi castillo de tal manera que sólo salía caso que necesitase suministros o pedir consejo a mi fiel amigo el doctor Hässler. E mi mujer, que Mallory había nombre, cuestionó mi extraño comportamiento, e un día que nos enfrascamos en una discusión, díjome que ya no era el mesmo, y tajantemente concluyó:
—¡Vuestra obsesión por jugar con la vida te volverá loco!
La vi salir de mi estudio y cerrar la puerta de golpe.
—No te culpo, vida mía —dijo el doctor para sí, fijando la vista en la puerta—. Maguer termine podrido de cabeza, no descansaré hasta llevar mi investigación a las últimas consecuencias.
Así pues, continué con mi labor científica. En pocos meses despojé de la parca a la meitad de los cuadrúpedos que recogí de las calles; mas nunca jamás me esperé que las pruebas dejasen secuelas irreversibles en ellos, convirtiéndolos en bestias propias del averno. Se hicieron más salvajes y se fueron ajando a tal punto que los cueros se les colgaron, el pelaje se les cayó en partes e los ojos se les salieron un palmo de sus órbitas, e pusiéronse albos, e los pescuezos podían retorcer horriblemente. Los mayidos de los unos y los latidos de los otros eran tan huecos que no podría haber persona que no se espantase de percibirlos. Tales perros no paraban de sufrir achaques ni de sacudir sus jaulas.
Otro día mañana salí de mi castillo y dejé dicho a Boris que por ningún motivo dejara entrar a Mallory en mi laboratorio, y eso mismo que pusiese gran cuidado en celar las bestias, que no se soltasen de sus jaulas, si no, mi castillo se tornaría en grave pandemónium. Dicho lo cual, me dirigí a mi carruaje e indiqué al cochero que me llevase al corazón de Londres, asentado a media legua de mis lares. E una vez que me interné en el compartimento del coche, el cochero aguijó el tiro que comenzó de trotar muy brioso.
Al cabo de un tiempo el golpeo de los cascos de los caballos en el empedrado de las calles londinenses me advirtió que habíamos arribado a nueso destino. Me asomé fuera por la ventana y vi el enjambre de gentes que iban y venían por las calles. Dije en seguida al cochero que doblara la esquina e hiciera camino contra la fosa común. Hecho tal, me apeé del carruaje y fuime hacia el mayoral que daba órdenes a los suyos de transportar los cadáveres a la fosa, y le solicité un cadáver, e cuando él me preguntó para qué lo quería, yo le respondí lo siguiente:
—Buen señor, os digo que no preguntéis cosas que van más allá de vuestra razón —saqué una bolsita del seno y se la arrojé, y él la cogió, sopesándola en la palma de su mano—. He allí un montón de libras esterlinas para que disfrutéis del buen vivir durante un tiempo.
Y el mayoral, sonriente, confirmó con la cabeza. Detuvo entonces a dos de sus hombres que acarreaban un cuerpo robusto, y les dijo:
—Alto. No echen a ese bribón al foso; tendrá un nuevo destino.

domingo, 16 de mayo de 2010

Fragmento del relato: "A veces salen del ropero"


A VECES SALEN DEL ROPERO

Por V.R. Merox


Nunca jamás se me pasó por la cabeza que aquel añejo ropero fuese la causa de todos mis males. Ellos aún están aquí. No me he podido librar de su presencia; tal como me sucedió tiempo ha, a la llegada de la medianoche los veo arrastrarse por los suelos como sombras jadeantes que huyen en busca de un recoveco.
Siento que un día moriré del miedo que me produce tenerlos a vista de ojos. Nadie me creyó; los vecinos me tomaron por loco la primera vez que les conté lo que me pasaba. Pero los pigmeos existen. Ellos fueron quienes me sujetaron, llevándome a hacer cosas horribles, una de las cuales me trajo a esta institución psiquiátrica en la que me encuentro confinado. Yo no soy el culpable de los actos que me imputan, fueron los pigmeos, ellos acabaron con mi vida y me despojaron de la última gota de cordura...
Mi ruina comenzó un 13 de agosto de 1978 durante una subasta de antigüedades en la ciudad de Foxboro, donde llevaba diez años viviendo al lado de mi familia, compuesta por mi mujer Jocelyn, mi hijo de nueve años Jimmy, mi hija Laurie que recién cumplía trece y Rayo, nuestra mascota: un pastor alemán fiel que nos guardaba como ningún otro perro. Hacía tiempo que Jocelyn me había contagiado su afición por coleccionar piezas de ingente valor y antigüedad, de tal manera que aquel día, apenas supimos de la subasta, nos dispusimos a ir a ella en vista de poder adquirir algún ropero victoriano para llenar el espacio desocupado de nuestra recámara.
Nos sentamos mi familia y yo en la fila de en medio, junto a un hombre provecto de mirada sombría, rostro pálido y lozano a pesar de su edad y aire grave. Vestía un traje negro y un gazné purpúreo con una medalla prendida cuya divisa era una W atravesada por una línea de tal suerte que semejaba un tridente. Volteé a verlo y él, con gesto sereno, asintió con la cabeza y me dijo:
—Buena suerte, mi joven amigo.
—Igualmente —le respondí.
Al comenzar la subasta, vimos pasar una buena cantidad de obras de arte de cuantiosa plusvalía que otros colectores cualesquiera estarían complacidos de tenerlas en sus manos, fuesen pinturas de Rembrandt, Dalí o Picasso. Era de esperarse que hubiese licitadores que pujasen hasta más no poder con tal de hacerse de dichos tesoros, y ciertamente oímos las voces ásperas de unos cuantos que, desatinados, iban aumentando la oferta sin disimulo.
Poco después de que subastaron la postrera de las pinturas, arrebaté mi atención en una caja alta y ancha que unos mozos posicionaban en el estrado; como la curiosidad me pudo, indagué sobre aquella pieza a modo de caja que velaban con un paño verdino. De una cosa estaba seguro: tenía el aspecto de un mueble, quizás un ropero. Fue aquí que el recio golpeteo del mazo con que el subastador concedía la venta, me pilló desprevenido, sobrecogiéndome.
—Siguiente subasta —anunció el subastador—: un ropero victoriano con dos filas de cajones y un espejo biselado al centro. El precio de entrada: $100, 000 dólares.
Dicho lo cual, los licitadores comenzaron a bisbisear. Mi mujer, halándome de la camisa, me instó a que pugnara al punto, que la descripción hecha por el subastador le había alegrado el oído. Entonces el hombre mandó develar el ropero; el paño cayó ligero en el suelo. Jocelyn y yo vimos, extasiados, el precioso ropero que descollaba delante de la nube de licitadores.
Una faz tenebrosa engalanaba la hoja de la puerta donde estaba encajado el cristal del espejo; en primera instancia me pareció algo descomunal, siendo una pieza de mueblería del siglo XIX, mas eso poco le importó a mi esposa. Dicha faz era la de un doncel de crespa cabellera, ojos grandes y saltones y nariz chata, labios gruesos y las orejas de ciervo; y en la frente tenía dos pequeños cuernos como aquellos seres fabulosos propios de los cuentos que tanto gustaban a mis hijos, de cuyo nombre no me acordé en ese momento sino hasta que le escuché decir a Jimmy: ¡Fauno!
A esta sazón el hombre que se sentaba a nuestro lado alzó la mano. El subastador, con voz jubilosa, preguntó.
—¿Quién da más?
—¡125, 000! —grité yo.
—¡130, 000! —exclamó un señor orondo de la fila ulterior.
Para cuando el precio alcanzó los 150, 000 dólares, el hombre de mirada sombría, determinante, elevó la suma al doble de la cantidad mencionada. Y cuantos integraban la subasta fueron asombrados que no dijeron palabra, entre ellos, yo; sin embargo, como no estaba dispuesto a ceder ante aquel licitador, y sabiendo cuán opulentas eran mis haciendas, dije a voz en cuello:
—¡500, 000!
Me apuntó el subastador con el mazo, repitiendo la cifra. Mi contendiente se llevó la mano a la barba; su semblante reflejaba dubitación. El encargado de la subasta, viendo que nadie tomaba la palabra, metió presión diciendo:
—500, 000 dólares a la una...
El silencio era abrumador.
—A las dos... —recorrió el salón con la mirada, el mazo en alto—. Y a las...
En esta coyuntura miré a mi competidor a los ojos, y entonces su gesto me dijo que no pujaría más por el ropero.
—¡Tres! —vociferó el subastador golpeteando la mesa con el mazo—. ¡Vendido!
Mi esposa me echó los brazos al cuello y yo le apreté la cintura.
—Es nuestro —dijo ella.
Y compartimos una mirada de gozo.
A la salida de la subasta nos topamos con el hombre a quien le había ganado la puja, el cual, con un rostro sereno, me dijo:
—Espero que elijas bien el sitio donde pondrás el ropero.
—¿Por qué? —pregunté desconcertado.
—Uno nunca sabe de dónde provienen las antigüedades que adquirimos —respondió el extraño alargando la mano—. Señor...
—Lockwood. Charles Lockwood —le respondí en tono amable a pesar de que su aire me provocase inquietud.
Apenas nos estrechamos la mano, sentí calosfríos sin razón aparente.
—Es tiempo de que me marche —manifestó el del gazné.
Sin decir más se inclinó el sombrero, despidiéndose, y yo, casi olvidándome de preguntarle su nombre, se lo pregunté en cuanto le vi de espaldas.
—¡Eh, señor! No me ha dicho su nombre.
—Me llaman de muchas formas —señaló, mirando de refilón—. Buen día, señor y señora Lockwood.
Y se perdió entre la muchedumbre.
Mi mujer y yo nos quedamos de un aire.
—Qué extraño hombre... —dijo Jocelyn.
—Olvidémoslo —indiqué a mi esposa—. Volvamos a casa.
A la mañana siguiente, después de una ardua jornada de trabajo, llegué a mi mansión anheloso de saber cuál era la noticia que me tenía mi esposa, pues intempestivamente había recibido una llamada de ella en mi oficina. Me bajé del Rolls Royce que conducía mi chofer y, portafolio en mano, subí por la escalinata que daba a la entrada. Abrí la puerta y deposité mi portafolio en el pasillo. Una vez que notifiqué a Jocelyn de mi llegada, ella acudió a mí y me dio un beso. Luego mandó llamar a los niños y me recibieron con gran cariño; al pequeño Jimmy lo cargué y le hice mimos como solía hacerlo, y a Laurie le di un beso en la mejilla y le dije que era mi princesa. Entonces pregunté a mi mujer:
—¿Qué noticias me tienes?
Y ella, alegrándosele los ojos, me contestó:
—Ya trajeron el ropero.
—Muéstraselo a papá —acució Laurie, muy animosa.
Jocelyn me tomó de la mano al pronto y aún con Jimmy en brazos, me llevó tras de sí a los altos por la escalinata que se alzaba bajo la ostentosa araña que pendía del cielo raso. Estando todos arriba nos fuimos a meter en nuestra alcoba. Y allí, erguido ante los pies de la cama de matrimonio, estaba la añeja pieza de mueblería por que habíamos pujado medio millón de dólares. La contemplamos durante un espacio. Entonces discurrí sobre lo que nos había dicho el señor del gazné, y, rompiendo mi meditación, dije a mi esposa:
—Cariño, ¿no crees que deberíamos cambiar el ropero de lugar? Quizás ponerlo en el cuarto de las antigüedades, junto a las demás.
—¿Por qué? —inquirió Jocelyn.
—Pues... —respondí con tono incierto.
En esto Jocelyn, dada mi oscilación, dedujo:
—Es por lo que nos dijo aquel señor, ¿verdad?
Al oír tal, confirmé con un movimiento de cabeza.
—Olvídalo, Charles. Él sólo estaba enfadado porque le ganamos la puja por el ropero; eso es todo.
—Sí, tienes razón.
Esa misma noche me aseguré de que Rayo acompañase a los niños en su cuarto; se echó el can sobre un tapete de felpa e hinqué la rodilla a un lado de él, le hice mimos y le dije que guardara a mis hijos como el mejor de los perros guardianes. Viéndole sus ojos brillar, pude darme cuenta de que había comprendido su instrucción: Rayo era, además de fiel, inteligente.
Salí a la sazón de la recámara y torné a la mía con mi esposa, que ya me esperaba tendida sobre la cama. Dímosnos el beso de las buenas noches y apagué las luces. Conciliamos el sueño enseguida.
No embargante, al cabo de unas horas, un sonsonete rompió mi apacible sueño. Tal tonillo se componía de un largo y espaciado ñe, pronunciado cinco veces. Lo primero que hice al abrir los ojos fue mirar a un lado, que mi mujer estuviese bien. Esto hecho, me incorporé y fijé mi atención en el espejo del ropero. No tuve palabras para describir lo que vi allí reflectado: dos horribles criaturas de cabeza descomunal acuclillados en los cantos de la cabecera de la cama. Me miraban fijamente con sus ojos siniestros, ardiendo como si fuesen menudos trozos de hierro candente. Ellos eran quienes producían aquel sonsonete que terminó por desquiciarme. Mi cuerpo no respondía por el miedo. Ahogué el grito que, desesperadamente, intentó escaparse de mi boca. Trasudé como si el infierno fuese mi cuarto. Mi corazón batió en demasía. No quería siquiera mirar de soslayo; sólo veía el espejo, en cuyo cristal se espejaba aquella visión terrorífica que me ponía la carne de gallina.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Fragmento del relato: "La bruja de la floresta"


LA BRUJA DE LA FLORESTA

Por V.R. Merox

Érase el año 1786. En lo entraño de una floresta al sur de Rumanía moraba una vieja huraña que, según los rumores propalados en el villaje que se asentaba a menos de media legua de allí, profesaba el arte de los encantamentos e la hechicería oscura, e asimismo gustaba de hurtar los niños de las gentes, motivo por el cual los pobladores temían que sus hijuelos se aventurasen en la espesura que oís.
La tal vieja, que apellidaban Bruja Petrescu, solía salir de su añeja morada, hecha con mampuesto, leños y paja, para internarse en lo más hondo de la floresta a buscar los niños que se perdiesen; mas han de saber que estos no se los devolvía a sus padres sino que los confinaba en cáveas para luego comérselos. Y los que no comía los forzaba a que le sirviesen en lo que a ella le pluguiese.
Desde que comenzó de hacer sus fechorías, las familias fueron espantadas al ir viendo cómo sus hijuelos se hacían humo de repente, y muchas veces el ánima torcida de la bruja se desprendía del su cuerpo e iba su camino hacia la aldea, donde irrumpía en los hogares de las gentes como el aliento de la noche, y, tirando a los niños de las patas, se los llevaba en rastra de vuelta a su guarida.
Los padres jamás caían en la cuenta de que sus hijos fuesen hurtados, pues la bruja les lanzaba un conjuro para que no pudiesen bullir, en manera que su intento por salvarlos era en vano. Pero hubo un tiempo en que la bruja dejó de robar los niños: por ventura se había henchido a tope. Los aldeanos creyeron que no volverían a ser amenazados, empero, al parecer, la hambre de la vieja Petrescu no podía colmarse.
Tal día, Boris, un hombre entrado en años, que vivía cabe su mujer, Leonilda, despertó sobresaltado de su cama y tuvo un mal augurio sobre sus vástagos, que dos eran; el uno, Fritz, de ocho años, y el otro Hans, que contaba con diez y seis cumplidos. Pues temiendo por ellos se fue a la pieza donde adormían. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver las sábanas de las camas revueltas!
—¡Ay de mí! Que se han llevado a mis queridos hijuelos —lamentó Boris llevándose las manos a la cabeza.
Hurgó en seguida el cuarto. Sin embargo, rastro ninguno pudo hallar, por tanto, se desplomó al pie de las camas y sintió arrancársele el alma. Como no pudo contener su dolor, rompió a llorar. En esto su mujer, oyendo los quejidos, se paró del lecho e fue adonde su marido, e violo estar hinojado, los brazos en alto, profiriendo una sarta de palabras malas. Ella le dijo:
—Pero ¿qué pasa? ¿Adónde están mis hijos?
Él se volvió, y con la faz desencajada se le fue hincar de rodillas delante diciendo:
—¡Nos los han arrebatado! ¡La bruja nos los ha arrebatado!
A Leonilda le dio un vuelco el corazón. Y, desfalleciendo, hirió el aire con un lamento.
—¡Ay, qué dolencia la que nos abate! —cayó de rodillas.
Y los esposos se abrazaron cuanto más fuerte pudieron a tiempo que los lloros llenaban la pieza. Una vez que Boris moderó su cuita, puso los ojos en Leonilda y las manos en sus haces, y limpióle las lágrimas con los pulgares.
—Haz algo, Boris, que me muero —suplicó ella.
—No te preocupes —dijo él—, mujer. Te prometo que haré hasta lo imposible por encontrar a nuestros hijos. Y no me importa si he de enfrentar a la bruja con tal de salvarlos.
—¿Y qué tal si ya se los comió? —arguyó su esposa—. No podemos dejar pasar el tiempo. Tengo que ir por ellos.
—No digas sandeces —le reprimió Boris sujetándola por los brazos—; si vas sola, te extraviarás en la floresta, o peor aún, la maldita bruja te matará. ¡Qué no entiendes?
—¡Suéltame, Boris, suéltame! —gritó Leonilda.
E como no la dejaba ir, Leonilda se desquició e apartándose de su esposo se precipitó hacia la puerta, que, entornada, filtraba el aire frío propio de la yema del otoño. Boris, que en tal arrebato la vio, se alzó del suelo y fue en pos de ella.
Pues estando fuera de sus lares, Leonilda se lió a dar grandes voces y alaridos que era espanto de verla así de desaforada, y no hizo más que sembrar el miedo en los pobladores que la veían ir y venir, las haldas en cinta, como si no supiera dónde detenerse. Un tal mancebo, que leñaba los durmientes, cesó de jugar su hacha y oyó gritar a Leonilda:
—¡Ay mis hijuelos! ¡La bruja se los ha llevado!
Y unas doñas, que trasladaban por la aldea diversos géneros en canastos de mimbre, se horripilaron tan solo de escuchar los lamentos de Leonilda, que incurrieron en una psicosis colectiva al darse a imaginar que la bruja también había tomado a sus hijos. Mas cuando se fueron a meter en sus casas y cuidaron que los pequeños eran sanos y salvos, aliviaron su ansia, no así como Leonilda, que si no es por su esposo, se tira al acantilado sobre que se asentaba la villa. Quedaron los cónyuges postrados al hilo del abismo, el uno atenazando entre sus brazos a la otra, que desistiese en su intento de cometer suicidio. Habiéndola persuadido, le dijo:
—No permitiré que cometas una locura. Te necesito en estos momentos tan fatídicos.
Ella dijo estar arrepentida y agregó:
—Mi corazón está hecho pedazos.
Y su continuo plañido repercutió allende la villa.

martes, 27 de abril de 2010

Fragmento del Capítulo IV del relato: "Horror en la casa de la colina"


IV

LA TERCERA SEMANA

Por la mañana hablé largo y tendido con mi esposa sobre los hechos de la noche de ayer, y ella, aún con el terrible recuerdo aquejándola, me suplicó que nos fuésemos de la casa antes con antes. Especulé acerca de la posibilidad, mas hubo algo en mis adentros que, como una fuerza inexplicable a la razón, hízome replantear la idea de abandonar el sueño por que tanto habíamos luchado: vivir juntos y formar una familia en medio de la bonanza.
—Lo siento, querida —dijo Jay—, no podemos irnos así como así, haya lo que nos haya pasado.
Ella rechazó su comentario y replicó:
—¡Pero si hay algo malo en esta casa! ¡Nos quiere hacer daño!
Tal reclamo fue la gota que derramó el vaso. Entonces comenzaron a porfiar sobre qué era lo mejor para ellos; Jay arguyó que se plantasen en la casa hasta que todo se tranquilizase, y fue determinante al decirle que no mudaría de opinión ni que nada le haría abandonar el hogar donde habían decidido echar raíces; por vez, Marion subió el tono y le advirtió que si no se iban juntos, se iría sola a casa de su madre, dejándolo.
Ese comentario hizo que se le subiera la sangre a la cabeza de modo que se abalanzó sobre ella y la sujetó por los brazos. La miró con malos ojos: estaba fuera de sus cabales.
—¡Calla, que aquí se hace lo que yo mando! —gritó Jay, el rostro trastornado.
Y, yéndosele la mano, le dio una bofetada en la mejilla. Cayó Marion al suelo sobre las rodillas, se llevó la mano al rostro y miró a su esposo con desdeño.
—Jay... —musitó ella apartándose el pelo de la cara.
En esta sazón él volvió en su acuerdo y se percató de lo que había hecho. Sus facciones mudaron del enojo a la culpa.
—Ay, Marion... Perdóname... —dijo con voz sumisa. Se arrodilló ante su mujer y pegando los labios a su cabeza la abrazó y le besó la frente—. No quise pegarte. Algo se apoderó de mí...
Su amada, hipando, se resistió a ser abrazada y forcejeó con él durante un lapso, pues receló de sus intenciones después que le diera tal golpe; sin embargo, para que no se tensara más el ambiente, que la situación ya era de por sí complicada, Marion cedió ante el abrigo de su amado y le dijo:
—Es que no te das cuenta, aún estamos a tiempo de tomar la decisión correcta. Por el bien de nuestras vidas, vayámonos de aquí.
Jay, sin decir nada, se irguió y dijo:
—Ya estoy harto. No permitiré que nos saquen de nuestra propia casa.
Y, envalentonado, se fue poner en medio de la sala y se lió a dar voces, retando a la maligna presencia que, por todos los medios, trataba de quebrar la armonía de los cónyuges.
—¡Sal dondequiera que estés, pedazo de mierda!
Su bronca voz repercutió en el piso bajo, y, como no tenía respuesta, subió por la escalinata y comenzó a recorrer los pasillos de los altos sin dejar de proferir bravatas. Pues al cabo de un tiempo se sintió enervado de tanto gesticular que no pudo más y cayó de hinojos en tierra. Se llevó las manos a la cabeza y dijo:
—Vete y déjanos en paz.
Aquí su esposa, habiendo subido al piso superior, le salió al encuentro y se le acercó, diciéndole:
—Ya, cálmate, Jay, si no, lo harás enfadar.
Se oyó entonces un alarido que hizo trepidar no solo la casa, sino también los cuerpos de Jay y Marion.
—¡Ay Jay! —gritó la mujer—. ¿Escuchaste eso?
—Sí. Viene de nuestra recámara —respondió él.
Se levantó Jay y fuese para el interior del cuarto, su esposa en pos de él. Cuál no sería su asombro al ver el atrapasueños tirado y hecho trizas en el suelo. Marion se cubrió la boca con la mano.
—Maldición... —masculló Jay hincando la rodilla frente al amuleto, del cual recogió una pieza, para escudriñarla—. Pareciera que una bestia lo destrozó a dentelladas.
—Jay, tengo miedo —musitó su amada—. Está aquí, entre nosotros. Puedo sentirlo...
En esto la puerta se cerró de golpe. Tanto Marion como Jay se azoraron. Un siseo se escuchó en seguida: el mal había acudido al llamado de Jay. La puerta, chirriando, se abrió lentamente. Y de pronto una silueta parda pasó rauda por el vano afuera de la pieza, y las pisadas golpearon tan fuerte el suelo tablado, que la sangre se le heló a los consortes, cuyos ojos no creían lo que ya era evidente. En el día ni en la noche podían estar a salvo de aquella presencia que, al parecer, jamás los dejaría tranquilos.
Aunque osciló durante un momento, Jay salió del cuarto a osadas y fisgó en el pasillo. Para su fortuna, no cogió ningún rastro de la pavorosa silueta que habían visto. Volvió a la pieza y su mujer se precipitó hacia él, abrazándolo con vehemencia.
—Se ha ido —dijo el marido de Marion.
—Gracias a Dios —expresó ella, y, la voz temblorosa, concluyó—: Era horripilante. Jamás había visto algo así.
—Ni yo —coincidió su esposo.
—¿Ahora crees en lo que te dije cuando hablamos después de aquella noche?
Tras este suceso, Jay tuvo evidencias de la espeluznante presencia que habitaba la casa, por ende, se sacudió su pertinacia y volviendo sobre sus pasos dijo:
—Tenías razón; no sé qué sea lo que acabamos de ver, si espanto o demonio, pero de una cosa estoy seguro: quiere destruirnos.
—Pero ¿por qué a nosotros? —inquirió Marion.
—No lo sé, Marion. Quizás está enfadado porque nos hicimos de la casa donde mora; como sea, tenemos que hacerle frente.
Al oírle, su cónyuge le recriminó:
—¡No pienso seguirte el juego! Yo me iré a casa de mi madre. Sobre aviso no hay engaño.
—Marion, ¡por Dios! —exclamó él—. No seas necia.
Su amada, frunciendo la boca, le dio la espalda y se fue poner a la ventana. Cruzó los brazos.
—El necio eres tú —refutó su esposa—. ¿Cómo piensas luchar contra algo que está fuera de nuestro entendimiento?
Jay se le llegó y abarcándola por la cintura le dijo:
—Mantengámonos unidos. Es lo único que te pido. No me dejes solo.

miércoles, 21 de abril de 2010

Fragmento del capítulo III del relato: "Horror en la casa de la colina"


III

EXTRAÑOS SUCESOS

Al llegar a la Colina Roble Viejo, estacioné el auto delante de las escaleras, me bajé como rayo y habiendo tomado las bolsas me fui a meter dentro de la casa sin poder discurrir en otra cosa que no fuese el aviso del señor Smith, que, de buenas a primeras, no creí en absoluto. Me senté en un sillón y llamé a mi esposa, la cual, percatándose de mi inquietud, me preguntó:
—Cielo, ¿qué pasa? Te noto extraño.
Dicho esto, la miré fijamente y le conté lo acaecido en la tienda. Ella me dijo:
—No podemos confiarnos de la palabra de un extraño.
—Lo sé. Y tampoco permitiré que nada ni nadie rompan nuestra armonía. Por cierto, en un rato más iré al sobrado; seguramente la conexión eléctrica necesita mantenimiento. He visto cómo se prende y apaga la luz a intervalos.
—Bien —asintió la mujer—. Yo me ocuparé de limpiar y regar el jardín.
Pues al término de la comida cada quien fue a ocuparse en sus menesteres; afuera el sol hacía claro y a ratos el viento soplaba apaciblemente. Marion, en asas, contempló el jardín. El verdor que ante ella se explayaba sería hermoso si no estuviese plagado de malas hierbas y zarzas, así que tenía una gran faena delante. Antes de comenzar, se calzó los guantes que llevaba consigo, que las espinas no le pinchasen las manos. Fuese para donde nacían las malezas y tomando una a una por el pie comenzó a escardarlas. De cuando en cuando se valía de las tijeras de jardinero para tajar las que muy hondo estuviesen arraigadas.
Qué extraño... —pensó a medida que cortaba—, me pregunto por qué habrá tanta hierba mala.
No lo supo a ciencia cierta y prosiguió en su quehacer. Entrañó los restos de yerba áspera y espinas en un costal y luego se dispuso a regar el jardín. Tarareó una melodía mientras desparramaba el agua alrededor suyo; hubo un momento en que escuchó o creyó escuchar un susurro que viajaba por el aire, lo cual le produjo espanto, que la voz era muy siniestra, y, en consecuencia, rompió su tarareo y la manguera se le fue de la mano. Miró en redondo, su haz, perturbada, su cuerpo, inerte a causa del miedo.
El agua, saliéndose de la manguera, borbotó formando una charca sobre la yerba a sus pies. Y entonces sintió estremecerse cuando una mano le tomó del hombro por la espalda.
—¡Ay! —gritó ella volviéndose bruscamente.
Allí estaba Jay.
—Calma, cariño —indicó él—, pareciera que has visto un fantasma. Soy yo, Jay.
—No vuelvas a asustarme de ese modo —manifestó ella—. ¡Ay, Jay! Me acaba de pasar algo horrible.
—¿Qué pasó?
—Escuché susurros muy feos —respondió Marion—; y no había nadie en el jardín más que yo.
—Tranquila —dijo su esposo abrazándola—. Todo va estar bien. Tengo que volver al sobrado. Se me olvidó mi caja de herramientas. Vuelve adentro y prepárate un té.
Marion otorgó de cabeza. Cerró el grifo y arrolló la manguera, no sin antes pedir a su marido que echase el costal de malezas a la basura. Él lo cogió y fue a depositarlo adonde le dijo, mas cuando se volvió, le llegó a las narices un hedor horrendo, y como vio que provenía del costal, lo deslió y torció el semblante al ver que en el interior no había malas hierbas ni zarzas sino un montículo de asquerosas larvas. El ver tal le hizo escarbar el estómago, por ende, sacó un pañuelo que alojaba en su bolso trasero y retrocedió llevándoselo a la boca, que el hedor no le hiciera mal.
Cuando se alivió de sus bascas, tornó a echar un vistazo al bote de basura, pero no vio nada más que las plantas desarraigadas.
—¿Qué me está pasando? —se preguntó desconcertado.
No quiso ahondar en la cuestión y se retiró de allí. Se fue a meter en la casa y su mujer, viéndole un indicio de repulsión en la cara, le preguntó qué le pasaba, y él le contestó:
—La verdad, no lo sé, creo que estamos imaginándonos cosas.
Enseguida le contó lo que había visto y ambos decidieron olvidarse de lo sucedido por no incurrir en una psicosis.
Jay fue por su caja de aperos y subió a los altos. Se detuvo debajo de un compartimento en el techado que, desplegándose en una escalera de mano, daba entrada al desván.
Al subir sondeó la pieza; un rayo de luz mortecina traspasaba el ojo de buey, dando de soslayo en el suelo. Vio dentro muchos enseres domésticos velados por mantas blancas y percudidas. El polvo danzarín se había depositado en el suelo tablado, en los enseres y en cada rinconada del habitáculo.
Se llegó al foco que colgaba del techo y lo revisó; estaba en perfectas condiciones y tampoco se había fundido. Para cerciorarse aún más, fue a oprimir el interruptor cuyo cableado conectaba al foco. Lo prendió y lo apagó tantas veces que no tuvo duda de que funcionaba propiamente, por lo cual desechó la posibilidad de una mal función eléctrica. Continuó, pues, escrutando el ático. Se dirigió a un rincón y vio estar colgado del techo un atrapasueños.
—¿Qué tenemos aquí? —se preguntó Jay, palpando el adminículo—. Recuerdo haber visto uno de estos hace tiempo, es una especie de amuleto indio. ¿Quién lo habrá puesto en este lugar? Bueno, qué importa, de seguro se verá bien en nuestra recámara.
Descolgó el atrapasueños. En esto unas cajas se vinieron abajo, causando un estruendo que sobresaltó al esposo de Marion, el cual, volviéndose, percibió un chirrido atronador que le hizo hincar las rodillas en tierra, y se llevó las manos a los oídos, para evitar que el chirrido le abatiese en mayor grado.
Acto seguido recogió el amuleto y sus aperos, los cuales, había tirado a causa del pasmo, y muy ligero se fue para la escalera y una vez que bajó por ella, la encogió de golpe, cerrando el compartimiento. Al momento dio grandes voces a su mujer, que viniese. Y ella, que estaba en la sala, puso la taza de té de que bebía en la mesa y presto fue arriba para ver qué sucedía con su esposo. Vio a Jay sentado, la vista clavada en el techo, su caja de herramientas a un lado.
—¡Jay! —exclamó Marion—. ¿Qué pasó?
—Yo... —titubeó su marido—, no lo sé... No sabría cómo explicártelo; escuché algo allá arriba.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Fue una especie de sonido desapacible —contestó él—, como si fuese estática, pero en voz, y luego sentí que se adentraba en mi cabeza.
Marion lo abrazó fuerte y poniéndole el dedo en los labios le indicó que ya no le dijese más.
—Tengo miedo, Jay —reveló su mujer—. Nos están pasando cosas muy raras. ¿Qué tal si nunca se acaban?
Ante la mención, él la apartó de sí blandamente, la miró a los ojos y le puso las manos en las mejillas, y le dijo:
—Conserva el temple, Marion. Nos tenemos el uno al otro. Te prometo que saldremos adelante sin importar lo que pase.
Las palabras de Jay aquietaron a su esposa, y para afianzar su unión se volvieron a abrazar y se dieron un beso.
Antes que durmiesen, Jay le mostró a su amada el atrapasueños que había hallado en el sobrado, y le comentó sobre la idea de colgarlo al lado de la cabecera de la cama para que los protegiese. A lo cual ella dijo:
—Probémoslo. Nada perdemos.
Esa misma noche no hubo evento que les desasosegase.
Pasaron varios días sin que tuviésemos que experimentar ningún suceso de mala índole, lo cual nos hizo recobrar la confianza y el ánimo. Tal día escuché decir a Marion que las malas hierbas y zarzas seguían naciendo sin importar cuantas veces las escardara; yo no supe a qué se debía tal, que de jardinería sabía poco menos que un pelín. Debo decir que a partir de aquí me extrañó su comportamiento, pues tanto se enfrascó en evitar que el jardín fuese plagado por la hierba que no debía crecer allí, que cayó en una manía: se despertaba al alba y salía de la casa con sus bártulos de jardinería para ocuparse durante horas en desenraizar dichas plantas.
En una ocasión me puse a la ventana y sin que me viese descorrí la cortina y comencé a observarla detenidamente. La vi escardar planta tras planta, y tomar las tijeras de jardinero y cortar las que no podía extraer de la tierra; su porfía era tal que a ratos parecía no ser la misma, sobre todo cuando arrojaba de sí las tijeras y ahondaba las manos en tierra, excavando como si fuese fiera.
Para cuando llenó de agujeros el jardín, decidí salir para detener su locura. Azoté la puerta del porche y me precipité hacia ella.

martes, 20 de abril de 2010

Capítulo II del relato: "Horror en la casa de la colina"


II

BUSCANDO UNA EXPLICACIÓN

Volví a la cama y abracé a mi mujer. Permanecimos gran pieza agazapados, esperando no escuchar más aquello que nos había hecho estremecer. Y afortunadamente el silencio envolvió el habitáculo. A las 2 de la madrugada terminó el tan espeluznante evento.
—Será mejor que durmamos —sugirió Jay—, la puerta tiene llave, así que nada ni nadie podrá entrar en nuestra habitación.
—Pero ¿y si es un ladrón? —preguntó su esposa—; puede forzar la puerta y entrar.
—Ya lo hubiera hecho —respondió el hombre—; además, por la lejanía de la casa y su ubicación, dudo mucho que un ladrón se meta a robar.
—Entonces si no se trata de un ladrón —dijo la mujer—, ¿quién golpeó la puerta?
Ante la cuestión, vacilé. Estaba tan espantado que siquiera podía ordenar mis pensamientos.
—Créeme que no lo sé. Por ahora no puedo pensar claramente; pero mañana buscaremos juntos una explicación. Te lo prometo.
Ella dejó de temblar y asintió con la cabeza.
—Está bien.
Y ambos cerramos los ojos, tratando de olvidar esta pesadilla.
Por la mañana, después de tomar el desayuno, mi esposa y yo especulamos sobre el horrible evento que se suscitó en nuestra casa; si bien ambos dimos nuestros puntos de vista, y desechamos que hubiese sido un ladrón por la misma razón que le mencionara la noche de anoche, Marion insinuó:
—¿Y si fue otra cosa?
Al momento clavé los ojos en ella.
—¿A qué te refieres? —preguntó en tono desconcertado.
—Quizá fue algo que está fuera de nuestra comprensión... —respondió Marion. Y añadió con la faz perturbada—: como un espanto. He escuchado algunos casos en los que...
—No nos metamos en temas sobrenaturales —interrumpió Jay, y puntualizó—: son patrañas.
Ante la mención, Marion se puso en jarras y se enfadó.
—¡Pues entonces! —dijo alzando la voz.
—Mira —dijo su esposo—, lo mejor será conservar la calma. Esperaremos unos días a ver qué pasa; quizás solo fue una mala noche.
Ella no dijo nada. Me le acerqué y la estreché contra mis pechos, y ella me susurró al oído:
—Cierto, quizás fue una mala noche...
Al rato, cuando vino la tarde, me fui al centro de Fresno en mi auto. Estaba decidido a abastecerme de algunos enseres que nos pudiesen ayudar caso de que siguiésemos experimentando eventos como el de anoche. Pues me metí en una tienda de autoservicio de esas en las que puedes adquirir herramientas y artículos para el hogar y habiendo tomado una caja para meter la mercancía, comencé a rondar los pasillos; eché a la caja una linterna, un paquete de baterías y una grabadora personal para llevar el registro de lo que pudiese sucedernos. Sin embargo, antes que me dirigiera a pagar, un extraño me salió al encuentro y echando un vistazo a lo que llevaba en la caja me dijo:
—He visto que son los nuevos inquilinos de la casa en la Colina Roble Viejo.
—¿Quién es usted? —preguntó Jay en tono amable pese a tener recelo de aquel hombre de expresión sepulcral.
—Soy el señor Smith —respondió él.
Pronto advertí que el hombre, ataviado de un añejo traje negro, camisa blanca, plastrón color vino, sombrero y encima un sobretodo, tendría unos cincuenta años y pico; mas su cara de acelga y las arrugas que la surcaban bien podrían decir que cargaba más años de los que realmente aparentaba. Queriéndome zafar de él, le dije:
—Me tengo que ir.
Pero cuando me alejé de él dos pasos, me prendió del brazo y me trajo hacia sí de modo que quedamos viéndonos a los ojos:
—Escucha, muchacho, huyan mientras puedan de esa casa, si no, les pesará...
—Suélteme, viejo loco —dijo Jay en tono airado.
Forcejeé con él hasta que un empleado, que cerca de allí pasaba, se llegó a nosotros y exigió al hombre de faz lívida que me soltase, y él, ante el acoso de los vigilantes que acudieron donde estábamos tras recibir la orden vía radio, me dejó ir y fue echado de la tienda. Una vez que me tranquilicé, el empleado me dijo que no le diera importancia al asunto, ni creyera lo que me había dicho el señor Smith, pues a la brevedad me explicó que era común y sabida su falta de juicio, y que algunas veces solía ahuyentar a la clientela con sus despropósitos. Pues el incidente no pasó a mayores y acudí a la caja a pagar lo que había cogido.
Apenas salí de la tienda, miré en redondo y vi al señor Smith erguido a un lado de una caseta telefónica, fumando un cigarrillo. Eché a caminar y reparé en la manera en que me miraba; aun yendo con la vista gacha, pude sentir sus ojos a mis espaldas. Al fin llegué a mi coche y me subí con presteza luego de echar las bolsas en el asiento trasero. Encendí el motor y arranqué a toda velocidad con el afán de alejarme de ese sujeto.
—No digan que no se los advertí... —musitó Smith, quien, dándole un último toque a su cigarrillo, lo tiró al suelo y se alejó de la caseta soltando una fumarada.

sábado, 17 de abril de 2010

Capítulo I del relato: "Horror en la casa de la colina"


HORROR EN LA CASA DE LA COLINA

Por V.R. Merox


I

LA CASA EN LA COLINA

Lo que están a punto de oír está basado en hechos reales. Sucedió en Fresno, California. Mi nombre es Jay Kasowski y estoy a punto de contarles parte de lo que viví después de contraer nupcias en el año de 1975. Durante meses me dispuse a buscar una buena casa donde pudiese echar raíces y formar una familia al lado de mi esposa Marion; en un principio, la suerte no estuvo de nuestra parte, pues fue muy arduo hallar un nido que no estuviese ya ocupado. No desistimos en nuestro empeño y, en consecuencia, llegó el día en que conseguimos un sitio que nos hinchió el ojo.
El constante ajetreo de la mudanza había menguado mis ánimos y los de mi esposa, mas no contábamos con que aquella propiedad de la Colina Roble Viejo, ubicada en la zona oriente de Fresno, nos pudiese hacer olvidar nuestras peripecias. Y tal sucedió apenas la vimos a lo lejos mientras íbamos en el auto: el solo hecho de tener un hogar para afianzar nuestro amor era motivo suficiente para sentirnos alegres.
Días atrás había pactado una cita con el vendedor para que nos la mostrase antes de finiquitar el negocio; el hombre ya nos esperaba al pie de las escaleras de fábrica que corrían hacia la cima del promontorio donde se erguía nuestro nuevo hogar. Lo que desconocíamos era que allí dentro había algo que nos acarrearía la peor calamidad que jamás hubiésemos imaginado...
La vivienda era muy añeja, según lo que me dijo el vendedor, su hechura databa de 1950 o por ahí; el esqueleto de maderos constaba de dos pisos y un coronamiento en cuya delantera descollaba una claraboya, semejante a un ojo que avizora día y noche. Desde la primera vez que subí por las escaleras hacia la casa, me sentí observado por aquel miserable ojo, lo cual me produjo una desazón pasajera. Sea como fuere, entramos todos en la morada y el vendedor nos fue mostrando cada palmo de ella; subimos luego por la escalinata que daba a los altos y percibí, a cada paso, el chirrido de la madera con que estaban hechos los peldaños.
—Como podrán ver —dijo el vendedor—, la casa se ha mantenido en buen estado durante largo tiempo.
Mi mujer y yo apreciamos a primera vista cuán espacioso y apacible era nuestro hogar. Queriendo indagar sobre él, pregunté al vendedor muchas cosas, entre ellas quiénes habían sido los postreros inquilinos y cuánto tiempo ha que la casa estaba vacía, y qué cuarto era el de la claraboya; él sólo me respondió que desde un lustro no había sido ocupada, y que la pieza de la claraboya era el sobrado. A pesar que me contestó de buen talante y sin vacilar, la lluvia de preguntas terminó por incomodar al pobre hombre, así que a instancias de mi esposa dejé de agobiarlo, y él me dijo:
—Le aseguro que no tiene de qué preocuparse.
—Está bien —dijo Jay sosegándose.
Volvimos a la sala al cabo de un tiempo. Y allí quedó asentado el negocio. En seguida despachamos al vendedor y le pedí a mi mujer que preparase la cena, pues el día estaba por fenecer. Habíamos comprado despensa camino a la casa, por ende, no era menester que fuésemos al corazón de la ciudad para adquirir suministros; salí de la casa y en bajando las escaleras tuve la sensación de que alguien me observaba, y en el momento en que me volví, pude ver una luz tremulante en el sobrado: el espanto se adueñó de mí, ahora la claraboya semejaba el ojo que había imaginado al llegar.
Me fregué los ojos al punto. Cuando torné a mirar hacia arriba, la luz se había extinguido. Pensé entonces que todo era parte de mi imaginación; es impresionante lo que uno cree ver cuando se encuentra abatido tras largos meses de buscar un hogar donde vivir.
—Será mejor que no le mencione nada de esto a mi esposa —dijo para sí, y continuó descendiendo los peldaños.
Llegué al coche y encajé la llave en la cerradura. Luego que abrí la puerta, saqué las bolsas en cuyo interior había una barra de pan integral, tomates, lechuga, jamón de pavo, queso americano y tres empaques; el uno de botellas de agua, el otro de sodas y el tercero de cervezas. Me aparté del auto con bolsas en manos, y, casi olvidándome de cerrar la puerta, me volví y la cerré de una patada. Así pues, subí nuevamente los escalones y me interné en la casa.
Estando en la cocina, puse las bolsas en la mesa y mi mujer fue sacando los víveres; metió al refrigerador algunas cosas y se aprestó a preparar unos emparedados. Esto hecho, nos sentamos a la mesa y cenamos y parlamos durante un espacio.
—¿Sabes, amor? —dijo ella desenroscando la tapa de su botella de agua. Bebió el último trago—. Estoy feliz de que estemos juntos, en nuestro hogar.
Alargué la mano y tomé la de mi esposa, diciéndole:
—Yo también. Te prometo que este será el principio de una vida maravillosa.
Nos alzamos, pues, de la mesa y una vez que ayudé a mi mujer a lavar los trastes, nos fuimos a nuestro habitáculo. Como estábamos rendidos por tanto ajetreo, nos tendimos en el lecho y conciliamos el sueño en seguida.
Los días se sucedieron apacibles hasta que un tal jueves, sin esperárnoslo, las cosas comenzaron a cambiar. Para entonces eran las once y pico. Adentro de la casa todo era quietud; no obstante, aquella noche fue la primera vez en que sentí el terror a flor de piel...
Acaeció que cuando Jay y Marion se encontraban en el quinto sueño, se oyeron pisadas subiendo por la escalinata que daba a los altos desde la sala de estancia; el chirrido de la madera resultaba tan desapacible que parecía como si pasaran una tiza sobre una pizarra a la fuerza. Se fueron acercando las huellas adonde estaba la puerta del cuarto de los consortes; a causa de la falta de luz, no se podía advertir qué o quién andaba por el pasillo. Sea lo que fuere que allí estuviese, se detuvo y llamó tres veces a la puerta. ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!, se escuchó duramente.
Y entonces el esposo de Marion se despertó sobresaltado, que no sabía qué pasaba. Se espabiló y sacudió el cuerpo de su amada, tratando de despertarla. Ella abrió los ojos y preguntó:
—¡Qué sucede?
En eso oí que golpearon la puerta no una, sino repetidas ocasiones, como si quisieran entrar por la fuerza. Sentí el cuerpo de mi mujer temblando al lado del mío, y ella, no pudiendo contener el susto, lanzó un grito, y yo me sobresalté aún más. Atenacé a Marion entre mis brazos y le dije:
—No temas. Iré a echar un vistazo.
Ella se prendió de mí y, perturbada, porfió en que no me levantase de la cama.
—No vayas, Jay, por favor, no vayas... —dijo ella con voz parda.
Me levanté de la cama pese a su advertencia. Caminé sigilosamente hacia la puerta y alargué la mano para coger la perilla. Pero antes que la girase, un bufido tras la puerta me heló la sangre y sin reparo me alejé de allí lo más rápido que pude; y como no volví la mirada, me herí un pie con el otro y caí de espaldas al suelo.
—¡Jay! —exclamó la mujer.
—Estoy bien —dijo él incorporándose—. No te pares de la cama. Quédate donde estás.
Torné a erguirme. Armándome de valor, fui nuevamente contra la puerta y me aseguré de que tuviese llave. Pegué la oreja a la puerta y contuve mi agitada respiración; por fortuna, esta vez no percibí ningún bufido ni ruido extraños. Quebré el cuello y dije a Marion:
—Estamos a salvo.
En ese momento le agradecí a Dios porque no se me había olvidado echar llave a la puerta.

Bienvenidos a la morada del terror

Me complace darles la bienvenida a mi nuevo blog, donde estaré subiendo algunos relatos de terror o capítulos de los mismos. Espero que los disfruten.